En conversaciones que mantengo con amigos,
compañeros o personas de mi familia a veces sale el tema de nuestra situación
personal o profesional. Muchas veces, si no todas, llega un momento de la
conversación en la que sale la frase “pero bueno, no me puedo quejar” o aquella
de “es lo que hay”. Yo misma he dicho estas palabras en algún momento pero me
niego rotundamente a creerme estas palabras y a acomodarme en una situación
concreta sólo por el hecho de pensar que mi situación podría ser peor y que el
miedo me paralice ante la posibilidad de encontrar situaciones que me estimulen
y me abran nuevas oportunidades que me hagan ser más feliz.
A ese lugar en el que me encuentro cómoda, donde
tengo cierto control, se le ha llamado zona de confort. Sobre esta zona de
confort podéis encontrar mucha lectura en internet y en una amplia bibliografía
relacionada con el desarrollo personal. No pretendo descubrir nada nuevo al
respecto que no se haya dicho ya pero sí compartir mi reflexión sobre este tema.
Reconozco que cuando he salido de esa zona donde lo
tengo todo controlado, he tenido cierta sensación de vértigo, como si formara
parte de un espectáculo de circo donde me lanzara a realizar un número acróbata,
sin red, y tuviera un grupo de espectadores a mi alrededor que esperan con
incertidumbre a que no me caiga. Es verdad que es difícil salir de esa
situación que controlo pero también confieso que sentirme en “la cuerda floja”
me genera cierta sensación de bienestar, donde me pongo a prueba a mí misma,
donde mi éxito o fracaso depende de mí y eso es algo que me motiva y me da mucha
fuerza. Es en esos momentos cuando descubro mis verdaderas fortalezas pero
también mis debilidades, descubro barreras que me satisface superar al igual
que encuentro obstáculos que no puedo salvar, me llevan al límite y a aprender
a manejar mi propia frustración ya que, al menos bajo mi experiencia, no todo
es posible y no siempre se cumple aquello de “si quieres puedes”. Durante este
proceso encuentro modelos de personas valientes que me inspiran y me ayudan a
sacar lo mejor de mí misma, también encuentro personas que incondicionalmente
apoyan mis decisiones y refuerzan mi autoestima para no dejar de intentarlo. Del
mismo modo se han cruzado en mi camino personas que me limitaban y aprender a
no dejar que influyan en mí ha sido muy provechoso.
En todo este proceso tarde o temprano entran en
juego mis valores y es especialmente crítico cuando me doy cuenta que quizás es
momento de cuestionarlos y reformularlos para que lo que deseo sea coherente y
consecuente con aquello que hago. Esto es especialmente complejo y en algún
momento me ha llevado a cierta “catarsis” emocional.
Esta reflexión me lleva a pensar que en ocasiones es
favorable mantener una actitud conservadora, permanecer en mi zona de confort,
pero otras es necesario salir, explorar, decidirme a dar el salto y disfrutar
tanto del éxito como del fracaso. Quizás pensar en la probabilidad de fracaso
no parece muy optimista pero, a mi modo de verlo, he fracasado más veces y
estoy preparada para hacerlo de nuevo porque la posibilidad de éxito siempre me
merecerá la pena.
Que paséis una feliz semana!
Muy buen post.
ResponderEliminarHay que salir sistemáticamente de nuestra zona de confort. Nos conviene porque aprendemos más de lo que nos atrevemos a reconocer. Hay quien dice que "El buen marinero no se hizo en aguas tranquilas."
Totalmente de acuerdo José!
Eliminar