Semana a semana hago referencia de un modo u otro a la
felicidad, el bienestar, sentirnos bien,… Una de las fuentes de bienestar para
mí es la lectura y dentro de mis lecturas tengo autores cuyas obras retomo de
forma recurrente como por ejemplo Mario Benedetti. Este fin de semana he
releído parte de la obra Vivir adrede de este autor y me he encontrado con un
pasaje que quiero compartir:
Alegría
Uno
tiene derecho a la alegría. A veces es humo o es niebla o es celaje. Pero
detrás de esas demoras ella está, esperando. Siempre hay una hendija del alma
por donde la alegría asoma sus despabiladas pupilas. Entonces el corazón se
vuelve más vivaz, se extrae de su quietud y es casi pájaro.
La
alegría sobreviene después de las ausencias, al fin de las nostalgias. Si uno
se reencuentra con lo amado y su revelación unánime, es lógico que el gozo nos
abrace y a uno le vienen ganas de cantar. Aunque no tenga voz, aunque esté
ronco de pasadas angustias.
Después
de todo la alegría es un préstamo, no nos pertenece. Es una locurita, un premio
pasajero, pero la disfrutamos como si fuese propia, como un lucro, como una
primavera de la vida. Ella se aferra al tiempo, arrastra un poquito de la
infancia y se mete soplando en la vejez.
Semana
tras semana, año tras año, la alegría va llenando vacíos. Hasta que no puede
más y se vuelve tristeza.
Me llama la atención
especialmente el tercer párrafo donde define la alegría como algo pasajero, un préstamo, sabiendo que yo misma puedo buscar esa “locurita” pero sin renunciar al derecho
a estar triste en algunos momentos, a sentir que existen ciertos vacíos con los
que convivir y otros que llenar sin temer a ser juzgada por ello. Recorrer la
vida a veces en la cuerda floja, pero sin renunciar al disfrute de la misma
siendo consciente de lo bueno que tengo para disfrutar y aquello que me hace
daño que debo superar.
Que paséis una feliz
semana!
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