Hace mucho
tiempo me contaron que se había realizado el siguiente experimento:
Pusieron a
cinco monos juntos en una habitación. En el centro de la misma ubicaron una
escalera, y en lo alto, unos plátanos. Cuando uno de los monos ascendía por la
escalera para acceder a los plátanos, los experimentadores rociaban al resto de
monos con un chorro de agua fría. Al cabo de un tiempo, los monos asimilaron la
conexión entre el uso de la escalera y el chorro de agua fría, de modo que
cuando uno de ellos se aventuraba a ascender en busca de un plátano, el resto
de monos se lo impedían con violencia. Al final, e incluso ante la tentación
del alimento, ningún mono se atrevía a subir por la escalera. En ese momento, los experimentadores sacaron uno de los cinco monos
iniciales e introdujeron uno nuevo en la habitación. El mono nuevo, trepó por la escalera en busca de los plátanos. En
cuanto los demás observaron sus intenciones, se abalanzaron sobre él y lo
bajaron a golpes antes de que el chorro de agua fría hiciera su aparición.
Después de repetirse la experiencia varias veces, al final el nuevo mono
comprendió que era mejor para su integridad renunciar a ascender por la
escalera. Los experimentadores sustituyeron
otra vez a uno de los monos del grupo inicial. El primer mono sustituido
participó con especial interés en las palizas al nuevo mono trepador.
Posteriormente se repitió el proceso con el tercer,
cuarto y quinto mono, hasta que llegó un momento en que todos los monos del
experimento inicial habían sido sustituidos. En ese momento, los experimentadores se encontraron con algo
sorprendente. Ninguno de los monos que había en la habitación había recibido
nunca el chorro de agua fría. Sin embargo, ninguno se atrevía a trepar para
hacerse con los plátanos.
Uno de los
aprendizajes que se extrae de esto es que en muchas ocasiones no cuestionamos
la forma de hacer las cosas, simplemente las hacemos porque “esto siempre se ha
hecho así”
Intentando
buscar la verdadera fuente de este “experimento” me he encontrado con que parece
ser que nunca se llevó a cabo como tal, pero existen referencias a otro experimento
realizado por un zoólogo estadounidense, Gordon R. Stephenson,
en 1967. Este último experimento es bastante menos espectacular que el que ha
trascendido de forma popular. Tal experimento consistía en lograr que un mono
asociara un determinado objeto con un castigo X. Después se introducía a monos
no entrenados en la misma jaula del mono entrenado para observar la reacción de
este cuando sus nuevos compañeros se acercaban al objeto en cuestión. En una de
las ocasiones, el mono entrenado apartó de forma brusca al no entrenado. En
otra ocasión, ejemplares entrenados mostraron expresiones de agresividad y de
miedo cuando un mono no entrenado intentó manipular el objeto. Cuando se sacaba
de la jaula al mono entrenado, los monos no entrenados mostraban un índice de
manipulación del objeto menor que el del grupo de control integrado por monos
que no habían recibido jamás un castigo por manipular el objeto. El experimento
no obtuvo los mismos resultados con las hembras, que demostraron menor
aprensión hacia el objeto y que perdían el miedo en cuanto veían a otra hembra
manipularlo sin que le ocurriera nada.
De todos modos esto me ha dado pie a
reflexionar en qué medida el comportamiento humano obedece de alguna manera al
patrón de conducta que siguen estos monos. No nos cuestionamos ciertas formas
de hacer las cosas porque hemos aprendido que se hacen de una manera
determinada. Quizás por miedo a proponer algo que no sea aceptado, quizás por
no complicarnos, pero este tipo de comportamiento nos limita y no nos deja
probar, experimentar, innovar… lo cual genera, en ocasiones fracasos pero otras
veces aporta una mayor probabilidad de éxito en aquello que emprendamos. Así
que, ¿por qué no romper esas barreras y cuestionar, proponer, arriesgar y
aprender de la experiencia?
Que paséis una feliz semana!
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